Mucho se ha hablado ya sobre el nuevo videoclip de Jay-Z y Kanye West, y poco podré aportar yo que no se sepa ya.
En definitiva, me vi ante la obligación de subir este magnifico trabajo de Romain Gavras a mi blog dada mi admiración por este director, entre cuyas obras aparecen el extraordinario videoclip realizado para la cantante M.I.A. y su canción "Born Free", que más que la canción (tampoco es para tirar cohetes) lo que realmente sorprende es la visualización de la obra del director griego, polémica y provocadora. Como también lo es, a mi parecer, su mejor (y menos recordado) trabajo hasta la fecha, "Stress" de Justice.
Romain Gavras
En "Stress" se nos muestra violencia gratuita, un París peligroso y aleatorio. Muchos acaban preguntándose cuando ven el vídeo si todo eso que han visualizado es real o no.
Obviamente no lo es, pero Romain consigue llevarnos a ese extremo y eso, precisamente, es lo que hace que sus videoclips estén siempre en la linea de fuego.
Con "No Church In The Wild" Romain y compañía nos muestran una batalla campal virtual, lo que hoy podría ser Ocuppy Wall Street o cualquier revuelta griega.
Quizá lo más sorprendente del vídeo es el uso de esas imágenes sobre esculturas iluminadas de rojo y verde. Esos ojos blancos, miradas impasibles que piden auxilio ante tanta barbarie. A veces dan miedo, incluso más que toda la violencia que se nos muestra.
Ni Jay-Z ni Kanye West aparecen en el vídeo, ni falta que hace. Tampoco aparece ni el gran Frank Ocean, artífice del estribillo cantado, ni tan siquiera The-Dream, que también colabora (aún sigo sin entender por que no son nombrados ni en los créditos del vídeo).
El elefante al final del videoclip culmina una obra cargada de polémica y majestuosidad.
Muchos son los que hablan de que ni Jay-Z ni Kanye West son los más apropiados para darnos lecciones de revolución.
Tampoco lo es Rajoy para darnos lecciones de austeridad, pero lo hace.
Lo que cuenta, y mucho, es el conjunto final. Da igual quien lo cante, lo importante es que se ha hecho, y muy bien.
Nadie como Gavras podía haber filmado esas imágenes con tanta poesía y tacto. El montaje es sublime, como nos tiene acostumbrado el hijo del mítico Costa-Gavras.
Ya lo dijo Gil Scott-Heron, "la revolución no será televisada". Quizá la revolución real y a pie de calle no, pero si la revolución virtual, más sorprendente y épica, donde finalmente la policía es la que pierde.
Nota adicional: "No Church In The Wild" pertenece al álbum Watch The Throne, de Jay-Z y Kanye West. Lanzado el 8 de Agosto de 2011.
No hace falta ser un entendido musical para darse cuenta de que estamos ante uno de los grandes maestros de la música contemporánea, así como precursor en el uso de muchos instrumentos y creador de innumerables clásicos que nunca morirán en el tiempo.
Stevie Wonder nació el 13 de mayo de 1950. Desde entonces el mundo respira grandeza y es que Stevie aparte de ser ciego también era un genio ya desde pequeño. Aprendió a tocar la armónica, el piano, la flauta dulce y las congas.
En 1962 el destino quiso que Ronnie White de The Miracles llevara al pequeño Stevie a Motown para que el visionario Berry Gordy contemplara la magia del, por aquel entonces, once añero Wonder. Berry no lo dudó y lo contrató para su sello discográfico.
El nombre de su primer éxito fue ‘Fingertips’ (Pt. 2). Míticas son también canciones de aquellos años como ‘Uptight’ y ‘I Was Made To Love Her’.
Los años 60 dan lugar a los 70, siendo ésta la época donde Little Stevie da paso a un Stevie Wonder maduro cuya capacidad creativa es concebida como una bendición para la música universal.
En estos años nacen obras maestras como “Music of my mind” (1972), “Talking book” (1972), “Innervisions” (1973), “Fullfilligness first finale” (1974) y “Songs in the key of life” (1976), este último considerado como uno de los mejores discos de la historia.
Estos cinco álbumes completarían su famosa época dorada, ganando 14 Grammys, incluyendo tres “Álbumes del año” consecutivos.
Los años 70 se despedirían con una banda sonora para un falso documental titulado “The secrets life of plants”.
Tras el pequeño fracaso de “The secrets life of plants” (no llegó al nivel de sus anteriores trabajos), en 1980 volvería con otro de sus discos más recordados, “Hotter Than July”, cuya portada es una obra de arte y un icono para los amantes del genio musical.
Temas increíbles como ‘All I do’, ‘Master Blaster’ o ‘Lately’ completan lo que podría considerarse el mejor álbum de Stevie en la década de los 80.
En 1984 nos regalaría una de sus canciones más conocidas a nivel mundial (pero no por ello la mejor), ‘I Just Call To Say I Love You’ para la BSO de la película “La mujer de rojo”.
En 1985 editaría su, posiblemente, último gran disco, “In Square Circle”, con su archiconocido ‘Part-Time Lover’, clásico de todos los recopilatorios actuales de música ochentera.
Varios discos más se sucederían a lo largo de la década de los 80 y 90, no llegando al nivel conseguido de sus álbumes de los 70 y primera mitad de los 80, pero conservando ese espíritu de buena música siempre presente en el artista de Detroit.
Su último álbum hasta la fecha salió en 2005 titulado “A Time To Love”, sin duda una gran sorpresa para todos sus fans que llevaban 10 años sin tener nada nuevo de su artista.
En esta segunda mitad de la década se centra principalmente en dar conciertos alrededor del mundo, siendo el 2011 uno de los mayores periodos de actividad desde los 90.
El 2 de Junio de 2012 Stevie volverá a la península tras muchos años sin verlo por aquí. En concreto tocará en el Rock In Rio Lisboa junto a Joss Stone o Bryan Adams. Una gran oportunidad para todos aquellos que deseen disfrutar de uno de los mejores artistas del siglo XX.
DISCOS RECOMENDADOS:“Talking Book”, “Innervisions”, “Songs In The Key Of Life”.
CANCIONES RECOMENDADAS: “Superstition”, “All I Do”, “ I Believe (When I Fall In Love It Will Be Forever)”, “All In Love Is Fair”.
Miraba su reloj como queriendo borrar las horas que le quedaban conmigo.
Nunca un silencio había sonado tan violento entre nosotros. El cigarro se consumía al borde de sus labios sin pintar y el rímel de sus ojos galopaba por su mejilla hasta desembocar en el pañuelo verde que le regalé.
Aquel pañuelo llevaba su perfume clavado como un puñal en mi estómago, centro de todos mis dolores y castigos en aquella noche que ignoré durante años.
Parecía cansada y con razón, nunca supe valorarla. Sus ojeras eran lagunas vacías a las que el tiempo no supo perdonar, su cabello casi gris se antojaba áspero y salvaje cuando el viento le golpeaba con firmeza. Era tan débil que un susurro hubiese roto su figura, por eso permanecí callado, mirándola como queriendo decir algo con los labios, cuando en realidad mi mirada era la que hablaba.
Hice el amago de tocarla pero se apartó y no tuve más remedio que retraerme. Quise decirle cuanto lo sentía y todas esas cosas que se añaden a una frase para que suene más bonita, pero me pudo el llanto interno y preferí que esas lágrimas del alma no saliesen por mis ojos.
Sólo allí comprendí lo que la vida no me había dejado ver durante años. Creía haber tenido una mujer a la que quería con certeza y cuyo amor siempre me había sido correspondido. Es sabido que al principio todo es nuevo y excitante. El primer beso, la primera vez que la desnudas, el primer mes, el primer año... Y ahí se acaba todo. Comienzas a quererla por costumbre, la ves ahí y piensas: Es mi chica, ella me quiere, yo la quiero y eso es suficiente.
Se acaban los detalles, las sorpresas, las aventuras, incluso el sexo se hace monótono y aburrido, todo forma parte de un esquema cada vez menos complejo y sistemático.
Empiezas a olvidar sus gustos, sus problemas y sus necesidades hasta que te das cuenta de que ya no es una pareja lo que formas, sino una unión entre dos desconocidos que realizan acciones cotidianas por norma, para no perder el hábito y la rutina.
Me asusté al despertar de aquel pensamiento y ver que sus ojos ya no observaban su reloj sino mis lágrimas.
Ni me había dado cuenta de que por mi rostro se deslizaba la prueba de mi derrota. No tardé en borrarlas de mi piel, lo último que hubiera querido es que ella me viera en aquella vergonzosa situación.
Me precipité a excusarme por ello pero las palabras se quedaron atrapadas en mi boca, únicamente abrí los labios como queriendo coger aire para disculparme por todos los momentos que perdimos, pretendiendo decir en una frase todo lo que no había dicho en 20 años.
Sólo antes de que mi primera palabra manchase aquel silencio casi eterno ella alzó su dedo y colocándolo frente a mis labios me susurró: No digas nada, debo irme. Y cogiendo su bolso color crema despareció entre las farolas de aquel parque, no sin antes apagar su cigarro sobre el césped que pisábamos.
Era verano y las camisas empapadas en sudor nos delataban.
Por aquellos tiempos mis amigos y yo contábamos con 12 años, excepto Ronald, que nos sacaba 2 primaveras a todos.
Mientras veíamos la tele nuestras madres nos preparaban bocatas untados en mantequilla de cacahuete o con tabletas de chocolate en el interior, normalmente acompañados de un vaso de leche muy fría. Solo Ronald podía tomar café puesto que era el mayor de todos los que estábamos allí.
Ronald era el hijo de Peter Mclaughlin, un empresario ávido cuyo imperio se expandía por toda Alabama. Los otros chicos de mi edad eran Jack, Mike y Edward.
Jack y Mike pertenecían a familias de origen británico que emigraron tres generaciones atrás.
Edward era judío. Su abuelo sobrevivió a los campos de exterminio Nazi y cuando nuestro país liberó a los judíos de los alemanes su abuelo fue uno de los muchos europeos que vinieron a instalarse en nuestras ciudades.
Y bueno, yo soy yo, un chico normal y corriente, americano hasta la médula desde que nací. Mis antepasados no son ni judíos ni europeos ni latinos. Se podría decir que soy un americano puro 100%, descendiente de esos valientes pistoleros del sur que combatían contra los indios, montados en caballos con sombreros y ramitas en la boca.
Siempre odié a esos chicanos que paseaban por nuestras calles. No tenía nada en contra de los europeos, ni tampoco nada contra los judíos. Solamente odiaba a esos jodidos latinos con sus camisas de flores horteras y su estúpida forma de hablar. Mi odio se extendía a toda Latinoamérica, principalmente a los cubanos.
Mi padre siempre decía que nuestra nación estaba siendo infectada por mexicanos y cubanos borrachos que lo único que hacían era manchar el nombre de nuestra patria, la más poderosa que había conocido el mundo. Hablaba con orgullo de nuestras victorias en guerras contra los enemigos y de cómo nos habíamos convertido en símbolo de liberación y poder alrededor del globo terráqueo.
A las 7 años, mi padre me regaló mi primera pistola pero la cambié dos años después por un revolver del 38.
Había aprendido a disparar sin que me temblaran las manos, lo cual me hacía sentir seguro y peligroso.
A veces amenazaba a esos putos chicanos por la calle cuando me miraban más de la cuenta. Les decía que mantuvieran la mirada baja cuando pasasen por mi lado, de lo contrario no tendría más remedio que llenarles las putas cabezas de balas. Y así hacían los muy cobardes.
Aquel verano Ronald enfermó de cáncer. Su padre movió cielo y tierra para buscar una cura para su hijo. Lo llevó a los hospitales más prestigiosos de EEUU, incluso viajó a Europa buscando la ayuda que nunca encontró. Murió al verano siguiente, casi irreconocible.
Aquello marcó nuestras vidas de algún modo. Hasta entonces éramos niños que jugábamos en la calle sin pensar en el futuro. Corríamos de un lado a otro, nos imaginábamos combatiendo en guerras por selvas asiáticas rodeados de amarillos hijos de putas, pensábamos que la muerte era algo para viejos que ya habían vivido su vida y que no tenían nada más que ofrecer al mundo.
Aquello provocó que cada minuto de mi vida pensase que era el último. Incrementó mis paranoias sobre la vida y cada resfriado, dolor o anomalía en mi cuerpo eran motivos para creer que mis días finales estaban cerca.
Todo lo que me había hecho fuerte en mi infancia, como el orgullo de la nación, las armas y el espíritu americano que mi padre me había infundado, se habían desmoronado como torres de arena ante el tornado de la muerte.
Los semáforos a lo lejos dibujan el asfalto mojado, las luces rojas y verdes, a veces en ámbar, parpadean en el horizonte que se pierde borroso, oscuro como ella.
La lluvia golpea débilmente sobre mi paraguas sonando Jazz o percusiones de gotas frías y templadas, o quien sabe, quizá solo sea agua pero es que suena tan poético que no puedo resistirme a sacar la cabeza bajo la tela negra que me cubre de la intemperie.
El taxi está tardando, debería caminar un poco y buscar cobijo u otro taxi, pero ya es demasiado tarde para andarse con rodeos por esta ciudad.
Los edificios parecen catedrales del infierno. Esas luces amarillas tenues, esos gritos lejanos, esos olores a comida rápida... Acabarán conmigo, lo juro.
El vapor escapa por las alcantarillas, las ruedas de aquel coche lo levanta sacudiendo un charco, el más cercano, que me roza con sus manos al saltar.
Mi gabardina está mojada pero ya poco me importa. Ni eso ni los maleantes moribundos que merodean las aceras que ahora piso.
En la esquina una trompeta me saluda, un trompetista la sujeta y me resisto pero, imposible, acabo declinando mis sentidos.
¿Qué es eso que tocas?...
Lo siento, mi taxi acaba de llegar.
Debo irme, lo siento de veras, debo irme.
Esta noche he dejado a un lado mi creatividad para rescatar un texto que escribí hace ya dos años. Una carta de amor a la música negra que por aquel entonces empezaba a descubrir y que plasmé de la siguiente manera:
Ven, adéntrate en mi mente, saborea cada centímetro de mi sabiduría y roza mis pensamientos, haciéndome levitar sobre mi propio cuerpo, para luego, volverme a abandonar en la penumbra de mis sentidos…
Deja que tu tacto entre en mi caracol, elevándose hasta el infinito y retumbando entre mis huesos, entre mis caderas y músculos, entre la sangre tiznada que recorre mis venas, llegando hasta las uñas de mis pies descalzos…
Olvida que esta noche soy tuyo, desobedece al presente y vente conmigo al pasado de tu placer eterno…
Recuerda quien fuiste y hazme sentir aquel viejo Soulman de Memphis, aquel chico tímido de Indiana, o aquel visionario de la ciudad del motor…
Aviva a la joven América y su sonido estremecedor, resucita aquellos chasquidos de dedos, aquellos peinados redondos, aquel vinilo que nunca escuchaste…
Hazme ser un pantera negra, un estudiante de Harlem, un negro más en tus campos de algodón…
Rodéame con tu calor como nunca lo hiciste…
Navega por mis oídos…
Secuéstrame entre tus ritmos…
Siempre fui ese chico blanco al que no dejabas que sintiera tu magia… quizás por el temor de fracasar en tu intento de conquistar el alma de un negro blanqueado…
Hoy me ves aquí, escribiéndote, homenajeándote e incluso queriéndote más que a mí mismo…
Lo conseguiste… hiciste que este joven blanco por fuera se hiciera negro por dentro…
10 de Enero de 2010
*He decidido dejar el texto tal cual lo escribí, sin retocar ni añadir nada.